lunes 2 de noviembre de 2009

Como en su casa


domingo 20 de septiembre de 2009

Negras esperanzas

Cuando Barack Obama se posesionó como presidente de los Estados Unidos, el pasado 20 de enero de 2009, hubo manifestaciones de júbilo desde Chicago hasta Kenia, e incluso en algunos pueblos del pacífico colombiano se celebró el acontecimiento con más alegría que cualquier triunfo deportivo. Por alguna ingenua razón se creyó que por ser Obama un afro-americano perteneciente al partido demócrata, con un poder de persuasión política superior al de George W. Bush, en especial cuando hablaba de economía (de hecho, simplemente cuando hablaba), y un discurso social que abogaba por los más débiles, su presidencia sería una de respeto y colaboración con todos los países del orbe y que las horribles horas del descarado intervencionismo de los “halcones” de Washington en el mundo habían terminado. Sin embargo, a todos se nos olvidó que los estadounidenses eligen a su presidente para que defienda sus intereses como el país más rico del mundo y que lo que menos tienen en mente a la hora de elegir su mandatario es el bienestar de los demás habitantes del planeta.

A pesar de que nadie niega que sea un liberal, demócrata y defensor de los derechos humanos, con una larga historia de trabajo por los más desfavorecidos, nadie tampoco puede olvidar que Obama es el presidente del país más poderoso de la tierra y que sus electores lo eligieron para que así siguiera siendo. Sus cualidades humanas y su seductora oratoria están muy bien para impulsar programas de recuperación de empleo para los muchos afectados por la crisis económica o para intentar reformar el desigual sistema de protección social estadounidense, pero a la hora de enfrentar los asuntos del imperio el corazón de paloma tiene que darle el paso a las garras del águila en la toma de decisiones en la casa blanca.
Su caso no es el único: mirando hacia el pasado se descubre que justamente los presidentes demócratas de los Estados Unidos que más hicieron por la sociedad civil de su país no alcanzaron a cambiar ni en un ápice las pretensiones expansionistas y hegemónicas de los Estados Unidos en el resto del mundo. Éste fue el caso de Jimmy Carter, quien a pesar de su necesario discurso sobre los derechos humanos en un momento en que la guerra fría se vivía en caliente en tantas salas de tortura del mundo no pudo evitar el trágico intervencionismo de Estados Unidos en medio oriente ni la venta de armas de su país para que se cometieran todo tipo de horrores en Timor oriental. También la labor de John F. Kennedy -otro mártir idealizado por la opinión pública- resultó fundamental para impulsar los derechos civiles de las minorías en su país en la década de los 60´s pero resultó inútil para detener la guerra de Vietnam y la invasión de Bahía de Cochinos en Cuba, entre otras jugadas “estra-trágicas” que eran necesarias en el contexto del enfrentamiento de Norteamérica con la Unión Soviética. Al igual que ellos, Obama es un excelente presidente para su población: su decisión de impulsar un plan de salud de amplia cobertura así lo demuestra, a pesar de que cada vez que se intente abordar esa tarea suenen las alarmas anti-comunistas que aún reposan en el corazón de tantos cuellos rojos norteamericanos. Pero su pobre influencia para frenar el avance de las tropas (y las empresas) estadounidenses en el mundo demuestra que los negocios van como siempre y que los conservadores republicanos siguen manteniendo la hegemonía en el control de la política estadounidense que han tenido casi que ininterrumpidamente a lo largo del siglo XX.
La política de la casa blanca hacía América Latina es una clara demostración de esto. Cuando en la pasada V Cumbre de las Américas, realizada en Trinidad y Tobago, Hugo Chávez le regaló a Barack Obama una copia del libro Las venas abiertas de América Latina pareció hacerle un favor a los poderes norteamericanos con intereses en nuestra parte del continente, pues a partir de entonces Obama pareció entender perfectamente cómo funcionaba la política imperial estadounidense en Latinoamérica y cuál era su papel como presidente. Las posteriores acciones u omisiones de su gobierno, como permitir el golpe de estado en Honduras y sellar el acuerdo de bases militares con Colombia, demuestran que lo que está en curso es otra embestida del tío Sam en el subcontinente suramericano para asegurar el control de riquezas, territorios y poblaciones con el apoyo de su insuperable fuerza armada y la sumisión de las burguesías locales. Esta vez por el agua, el petróleo, la biodiversidad y la mano de obra barata, se vuelven a sentir con fuerza los zarpazos del poder del norte en Latinoamérica, justamente durante la presidencia del que muchos quisieron ver como el conciliador pacifista que el mundo estaba esperando.
Ante las aparentemente contradictorias decisiones de Obama (cerrar la base de Guantánamo al tiempo que abre otras en Colombia; acabar con la guerra en Medio Oriente mientras envía más tropas a Afganistán; hablar de colaboración con los países de América del Sur al tiempo que los “des-certifica” y los rodea militarmente) se hace evidente que la habilidad política del nuevo presidente de los Estados Unidos es mucho mayor que la del anterior: mientras éste no podía dejar de demostrar que era un burro con vestido de burro, aquél posa de estadista que mira con el corazón a la humanidad mientras continúa asegurando su dominación. ¿O será que más bien -como lo demuestra el hecho de que a pesar de que expresó públicamente que no quería otra reelección de Álvaro Uribe éste sigue adelantando su campaña para presidente- los poderes hacendados y racistas del continente no le hacen caso al moreno?
PD: Justo antes de colgar esta columna me di cuenta de que Antonio Caballero había publicado una similar en Semana, en la que habla de lo mismo y casi en los mismos términos. De ella quisiera rescatar una frase que resume lo dicho: “El emperador no maneja el imperio, sino al revés: es el imperio el que impone su peso abrumador sobre la política del emperador, dictándosela, quiera o no quiera”

miércoles 19 de agosto de 2009

La campaña sirvió


martes 30 de junio de 2009

El verdadero Rey del Pop




sábado 27 de junio de 2009

Michael Jackson: Mankind in the mirror

Michael Jackson fue el reflejo doloroso de la cultura occidental contemporánea y el adelanto del nuevo tipo de ser humano que se está constituyendo con la forma de vida ultramoderna en la que el progreso nos quiere embarcar. Además de ser un genio musical y un revolucionario de la industria del entretenimiento, como todos los medios lo aclaman justificadamente por estos días, Michael Jackson también encarnó en su vida todo lo que nuestra sociedad quiere y no quiere ser al mismo tiempo: fue su espejo y su fantasía, su más noble anhelo y su más abyecta depravación. Y como toda imagen que nos muestra qué queremos ser y en qué nos hemos convertido, Michael Jackson fue amado y odiado con igual fuerza, fue entronizado y crucificado con igual facilidad, y ahora, después de su partida, su recuerdo es modelado y matizado para que siga representando todo lo bueno por lo que lo quisimos, pero su turbio destino (lo que los medios de comunicación llaman hipócritamente “sus escándalos”, cuando fueron precisamente ellos los que los hicieron escándalos) es perseguido y cuestionado porque nos da pavor reconocernos en su espejo y descubrir en él lo que nos está pasando como humanidad.

Michael Jackson fue un precursor del futuro. Mucho antes del advenimiento del híbrido humano-androide con el que nos fascinamos y aterrorizamos hace varias décadas, Michael Jackson recorrió el proceso de paulatina transformación hacia la pura artificialidad con las recurrentes alteraciones que realizó en su propio cuerpo a lo largo de los años. Una de las realidades más paradójicas de su figura es que mientras su talento estaba remitido al ritmo, la música y el baile, las cualidades más terrígenas, antiguas y naturales de un cuerpo humano, el camino que escogió para su aspecto y su constitución fue el de una artificialidad científicamente programada, casi una negación de todo lo que significa ser humano. Pero no fue el único, sino solo uno de los primeros: cuando en la década de los ochenta todos se escandalizaron por sus repetidas cirugías plásticas y levantaron en coro una condena por su excesiva transformación, Michael se estaba simplemente adelantado a lo que unos pocos años después se iba a convertir en la norma: los cuerpos alterados y reconfigurados hasta el último milímetro en el quirófano, el nuevo crisol donde el hombre de barro se convierte en hombre de polímeros; y la monstruosa apariencia que tomó su rostro en sus últimos años, y que sirvió a tantos extremistas de la moral para confirmar sus proclamas de castigo divino por la exagerada vanidad, no es más que el rostro del futuro, el aspecto que tomarán, y que ya están tomando, las caras de hombres y mujeres operados y vueltos a operar docenas de veces en busca de la eterna apariencia de juventud, que se desvanecen lentamente como plásticos al sol y toman el terrorífico aspecto de los anónimos muñecos con lo que jugamos en la infancia.
Michael Jackson fue la personificación de una unión entre vanidad, ciencia y dinero que en su momento fue ácidamente perseguida y que ahora la cultura aprueba y estimula en los desorientados y asustados ciudadanos que gastamos nuestro últimos recursos planetarios en un frenético afán por llegar a ser, por alcanzar, por parecernos a la perfección que nos exhiben en las portadas de las revistas. Michael Jackson también soñó con llegar a ser, también él tuvo que alterarse, blanquearse y operarse para entrar en fantástico reino de la “beautiful people”, donde nadie ha nacido pero donde todos queremos morir. Por eso da tanta risa escuchar los irónicos reproches de los portavoces de la hipocresía mediática que le critican su “eterna obsesión por ser blanco”, cuando ésta es una obsesión inscrita en todos los que vivimos embebidos en las fantasías del capitalismo: ser blancos, bellos y ricos como los íconos de la pantalla plateada. Michael sólo hizo lo que la mayoría hubiera hecho si, como él, hubiera tenido todo el tiempo, el dinero y la soledad de mundo: pagar al contado por las fantasías que la televisión nos ofrece en cuotas. Pero el enfermo sistema en que vivió, donde hay que conseguir los sueños creados o morir intentándolo, le reprochó hasta el último momento que él lo hubiera hecho.
Su vocación biológica, a la vez a-sexuada y hermoafrodita, tampoco encontró cabida en ninguna orientación sexual catalogada. Michael Jackson expresó como ninguno otro la incomodidad y vergüenza que la sociedad contemporánea siente por su propio cuerpo: el ideal de un cuerpo sin fluidos, sin pelos, sin imperfecciones, sin matices y que se reproduce asépticamente a través de probetas y en cuerpos rentados llegó en él a su máxima expresión. Si hubiera sido un pornógrafo adicto a los grandes senos o un violador y asesino de niños tal vez hubiera sido más fácil clasificarlo, detestarlo o congeniar con él; pero su ambiguo modo de amar a hombres, mujeres, niños y animales, no dejó nunca claro en qué rango estaba dentro del inmenso universo de los vicios humanos (muchos de ellos exaltados por los medios, pero otros condenados como la herejía). Y aún después de su muerte no sabemos si detestarlo como a un enfermo mental, compadecerlo como a un infante desorientado, o temerlo como la representación de todos los traumas y vilezas posibles del cuerpo y el alma humana. Sea lo que sea que haya sido, todos lo fuimos con él, y sus “escándalos” fueron sólo una manifestación masiva y estridente de los mismos dilemas que ha incubado en nosotros la sociedad consumista y deshumanizante en que vivimos.
En un mundo moderno donde ser excluido es privilegio, no hubo nunca un lugar para Michel Jackson, la extrema minoría de uno, el eterno Peter Pan, el contemporáneo engendro del doctor Frankenstein, el danzante castrato para la diversión del emperador, que miró desde los vidrios ahumados de un auto blindado, a través de una máscara de protección contra gérmenes, con tristeza y terror, a las gigantescas muchedumbres que lo adoraban, detestaban y compadecían por ser su espejo.

sábado 13 de junio de 2009

Hasta la última brasa

Bien sabido es que hay problemas graves y persistentes que hacen la vida imposible. Estamos para eliminarlos. Pero no a la manera fácil e irresponsable del que tiene la solución en sus manos y la aplica y persevera en su voluntad de hacer lo necesario hasta arreglar el desperfecto. No, nuestra labor es eliminar el problema, ahuyentar la dificultad, destruir el inconveniente, y a través de estos caminos vamos mucho más allá que de la mediocre y simplista resolución concreta. Queremos deshacer los inconvenientes cuestionando la naturaleza misma de lo que percibimos como desgracia. Creemos en el poder de la mente humana, capaz de sobreponerse a las circunstancias más aciagas si percibe el inmenso mar de bienestar que está más allá de lo evidente, y por eso contamos con el apoyo de toda la gente que nos acompaña en la inacabable labor de erradicar el negativismo y las críticas malintencionadas que crean mentiras para desestabilizar el orden y cuestionar nuestra felicidad. Estamos para educar al pueblo en la fe: en vivir lo que se cree y en creer lo que no se vive: he ahí el sublime logro de nuestra orientación. A todas las mentes que insisten en renegar de nuestros ideales poniendo como evidencia una pálida realidad manipulada, les repetimos que no estamos aquí para ellos sino para la gente, para la masa dichosa que tan bien conocemos pues la hemos visto sonriendo en las estadísticas y en las presentaciones de Power Point. Seguiremos trabajando en mejorar nuestra imagen, así tengamos que sacrificar a nuestra tierra y nuestra gente para hacerlo.
El nuestro es un régimen basado en las leyes y el orden constitucional. Pero no el de esa constitución escrita en la que tantos malhechores se escudan para calumniar a la gente de bien que está de parte del progreso. Nuestro libro fundamental no está para ser leído sino temido, nuestra constitución no es la de este mundo. El nuestro es un gobierno democrático, elegido por la mitad más uno de la población. Y ha sido ese pueblo soberano, esos cientos de miles que han oficiado de voceros de la voluntad popular, el que nos ha dado la potestad para protegerlo y representarlo. Por ello nos sentimos tan orgullosos de poder perseguir y ajusticiar a todos los que amenazan la tranquilidad de la democracia, aplicando sobre ellos todo el peso del poder que ellos mismos nos han dado. Y aún cuando toda la población esté en nuestra contra y millones quieran persistir en cuestionar nuestros métodos u objetivos, todavía ahí seguiremos actuando incansablemente en nombre del poder democrático que nos han encargado, y que defenderemos así se nos vaya toda la vida en ello. Nuestro compromiso con la democracia es tal que estamos dispuestos a pasar por encima de nuestras inclinaciones personales o de las veleidades del antojadizo pueblo para hacerla respetar.
Nuestra obligación es con el bienestar de absolutamente todos, por ello nos preocupamos por que los bienes y las propiedades estén apropiadamente resguardadas en las manos de unos pocos que serán los encargados de proporcionar el dichoso entorno en donde todos los demás podremos desenvolvernos adecuadamente como seres humanos. La igualdad y el común acceso a las posibilidades que el mundo nos ofrece es nuestra meta, y aunque ese derecho se vea amenazado por las hordas intransigentes de míseros rapaces que pretenden apropiarse de lo que no les hemos asignado, sabemos que debemos ser sabios en la administración de la propiedad de todos y manejarla adecuadamente para que provea generosos réditos que se reinvertirán en los negocios internacionales que se deben seguir haciendo para el beneficio de todos. Conocemos a nuestra gente y sabemos que son felices con el humilde trabajo que tienen y que nada más desean. No queremos cargarlos con las molestas minucias que implican la propiedad y la riqueza, y estamos más que satisfechos de incentivar en ellos el ahorro y la previsión; somos un pueblo feliz que no se deja tentar con los despilfarros irresponsables del presente y que prevé con inteligencia el futuro dejándole la enojosa labor de manejar el sucio dinero a las múltiples formas de la institución financiera que tan oportunamente nos acompaña en nuestro propósito de renunciar a lo que nos hemos ganado para esperar pacientemente recibirlo en cuotas, como frugales mendrugos, en el futuro.
Nos duele que la violencia sigua siendo un cáncer que destruye nuestras esperanzas y nuestros planes inmediatos, y por ello sabemos que hay que extirparlo sin misericordia. Este es un flagelo crónico de nuestra sociedad que puede ser superado pero que nunca lo será porque el mal se reproduce en las mentes de todo el conjunto de la población, y por eso aquellos que queremos la paz sabemos que debemos prepararnos para la guerra, sin caer en torpes propósitos de claudicaciones humanizantes de fraternidad. Por el contrario, sabemos que al mal hay que combatirlo eternamente, sin dudar ni desviar el camino de nuestro propósito. Para eso están las vigilancias, las recompensas, las persecuciones, la fuerza bruta y el terror generalizado: para vivir en paz. El fuego que arde en algunos corazones y los incita a atentar contra sus prójimos debe ser erradicado por completo, y para ello sabemos que será necesario incinerar hasta la última brasa de ese incendio, destruir el odio con toda la despiadada fuerza de la que seamos capaces para matar definitivamente el asesinato. Cada día pelearemos, dispararemos y destruiremos para conseguir la paz, y por ese futuro jubiloso somos capaces de soportar los más abyectos extremos en el presente.
Este es nuestro credo y por ende sabemos que es el suyo, o sea el nuestro, el que ustedes expresan por nuestra boca que es la misma que pronuncia la voluntad de ustedes, de todos, o sea de nosotros, que tenemos la verdad que ustedes conocen y que nos dieron y que ahora nosotros decimos y que ustedes creen porque ustedes la inventaron para nosotros, que ahora repetimos lo que nos dijeron, que repetimos lo que decimos, que repetimos lo que diremos...

jueves 21 de mayo de 2009

!!!! O-TRA PRE-GUN-TA !!!!!!!


miércoles 13 de mayo de 2009

Separaos los unos de los otros

Durante los últimos días, con todo este cuento de la gripa mundial y las medidas tomadas contra (y por) los cerdos del mundo para propagar, más que para contener, el virus y el miedo, se evidenció lo que ya era una realidad hace tiempo: los seres humanos estamos en pie de lucha en una guerra biológica. Pero no me refiero sólo a la guerra que se ha montado para controlar el nuevo virus o para perseguir a los posibles infectados, ni tampoco a la destrucción sistemática de la biosfera planetaria que con tanto éxito ha llevado a cabo la humanidad en las últimas décadas. Los seres humanos parecemos estar en guerra frontal contra todas las formas de vida, y dentro de los enemigos favoritos de esta guerra aparecen los propios seres humanos. ¿De qué otra manera se podría definir entonces las rutinarias medidas que tomamos todos los días para alejarnos, protegernos y atacar a todos los peligrosos seres vivientes que nos rodean?
De una inmemorial batalla para sobreponernos a los diminutos agentes patógenos que nos rodean invisiblemente o para dominar a las irracionales bestias que nos han perseguido en campo abierto pasamos con los siglos a protegernos de las enfermedades y peligros que se transmiten a través del contacto humano, evitando sencillamente el contacto humano para espantar todas las posibilidades de contagio, cualquiera que éste sea. No se toque, no se salude de mano ni de beso, no confíe en negocios fabulosos que le propongan, no reciba dulces de extraños, no frecuente sitios ni personas de dudosa reputación, no ponga la música muy alto porque se puede molestar el vecino, muchacho no salgas...en fin; se nos han inculcado ya, sin éxito, todas las formas posibles de advertencia en contra de la temible costumbre de coexistir con los otros siete mil millones de congéneres en este planeta cada vez más superpoblado en reconcentradas ciudades. Y si se decide no hacer caso y pasamos a estrechar las manos, besar sin pudores y escuchar propuestas indecorosas de todo tipo, entonces qué mejores pruebas de nuestro error que los miles de contagiados, las docenas de muertos y los millones de engañados que sufren cada día las consecuencias de no haber huidos despavoridos ante el primer signo de que el peligroso organismo pluricelular conocido como humano se estaba acercando.
Afortunadamente, en contra de estos espantosos bichos inteligentes que nos rodean por todos lados tenemos tapabocas, guantes, armas, demandas, insultos y, llegado el caso, podemos contratar a otros de esos mismos seres para que hagan el trabajo de exterminio por nosotros y protejan a la gente de bien de las inmensas hordas de desahuciados que se abalanzan en las calles a toser cerca de nosotros, pedirnos monedas o saludarnos afectuosamente. Si todas estas medidas no parecieran suficientes, también podemos ensayar fronteras nacionales para impedir el ingreso de peligros externos (si quieren invertir en nuestro país, bienvenidos, pero que ni se les ocurra venir), gigantescos muros de separación que contengan el avance de las catervas pestíferas o la reclusión de los posibles infectados de gérmenes non santos en bodegas de podredumbre para que se infecten entre ellos, aún si son sólo sospechosos de posibles contaminaciones físicas o mentales, como en el “Ensayo sobre la ceguera” de José Saramago o en las “reclusiones terapéuticas” de la persecución a la dosis mínima. El objetivo es, en últimas, mantenernos bien alejados y protegidos del otro, o sea, el enemigo, y para tal efecto llegaremos hasta el aislamiento total, envueltos en un condón de dos metros y manteniendo el “contacto” con lo que necesitemos únicamente a través de la pantalla de nuestro computador personal; y resuelto el problema.
Pero la larga historia de evolución nos ha demostrado que los peligros a los que se ha visto enfrentada la especie humana a lo largo de su recorrido sólo se han conjurado enfrentándolos, y que escondernos y evitar todo contacto con el peligro lo único que logra es impedirnos conocer la naturaleza de eso otro que nos toca, dejándonos totalmente sin mecanismos de defensa y adaptación para afrontar los cambios. Así que, mientras huimos despavoridos de virus, bacterias y seres humanos que amenazan nuestra forma de vida, impulsados por la abyecta maquinaria del miedo montada y propagada por nosotros mismos que nos asusta selectivamente mientras oculta lo verdaderamente alarmante, lo que hacemos es condenarnos más rápidamente a la extinción, y a una vida más miserable mientras ese final llega. Sería absurdo entonces mantener indefinidamente esta dinámica de terror de lo externo en un sistema natural inextricablemente conectado, donde tanto la vida como la muerte nos llegan de afuera, y en especial en sociedades altamente pobladas, como las nuestras, que aseguran su propia destrucción biológica al vender la idea de que el aislamiento es la defensa infalible ante el apretujamiento creciente de las grandes urbes, en lugar de afrontar la necesidad de buscar los medios de convivencia más adecuados en lo que nos quede de planeta. Basta entonces de miedos inculcados que nos insinúan que debemos quedarnos en casa, con la piel cubierta, la boca tapada, el aire encapsulado y las cortinas cerradas para espantar los maleficios de la vida natural. Ninguna ciudad virtual o conversación por el messenger va a poder reemplazar la tibieza del contacto humano, directo y riesgoso, que está en la base de nuestras necesidades esenciales, ni mucho menos va a vacunarnos contra el desgaste y la muerte que incuba en nuestro organismo desde el nacimiento. La guerra biológica que libramos contra todas las formas de vida está perdida de antemano porque llevamos el enemigo incrustado en nuestro propio pellejo, así que es inútil correr a esconderse como un avestruz bajo la tierra o como Howard Hughes, quien pasó la mitad de su vida encerrado en la suite de uno sus hoteles, enfundado en plástico y esterilizando cada objeto que tocaba. Hay que besar, tocar y salir al mundo, sabiendo que, como dicen por ahí, de algo hay que morirse... ¡de cualquier cosa, menos de miedo!

sábado 25 de abril de 2009

La nueva division del pais


lunes 13 de abril de 2009

Tengamos presente la historia

Durante el reciente juicio al dictador-democráticamente-elegido (una denominación que va a tocar empezar a utilizar en nuestra Latinoamérica), Alberto Fujimori, el chinito soltó hacia el final de su defensa, en un último intento por justificar lo injustificable, la sentencia: “la historia me reconocerá como el presidente que devolvió la paz y la tranquilidad”. Antes que él, en su última rueda de prensa como presidente de los Estados Unidos, George Bush dijo, también tratando de dar una explicación de su mandato: “Creo que los historiadores mirarán hacia atrás y serán capaces de tener un mejor panorama de los errores después de que haya pasado algún tiempo... No existe algo así como la historia de corto plazo.”

Concediéndole a este último neoconservador neocristiano el beneficio de dudar de que realmente tuviera alguna idea de lo que estaba hablando cuando dijo que no existía algo llamado la historia de corto plazo (short-term history), no es difícil entender que sus declaraciones, así como las del presidiario peruano, estaban intentando hacer lo que ya muchos poderosos han hecho antes que ellos: postergar su juicio de responsabilidades ante la opinión pública delegándolo a los tribunales de la historia. Estos brumosos tribunales tienen la particularidad de que en ellos los acusados suelen tener la esperanza de que, de llegar a salir culpables, el veredicto les llegará dentro de mucho tiempo, posiblemente mucho después de su muerte. Por esto no es extraño encontrar tantos discursos de presidentes, dictadores y monarcas de todas las pelambres llenos de frases del tipo “la historia me dará la razón” o “la historia me absolverá” o “sólo espero el juicio de la historia”. Frases hechas que, con una retórica que intenta pasar por académica, no buscan sino asegurar que la única autoridad que tiene jurisdicción para juzgarlos todavía no existe.

Esta concepción de la historia como la instancia definitiva donde finalmente se llegarán a dirimir las culpas y aciertos de los hombres para la posteridad guarda un sospechoso parecido con los escenarios del “juicio final” que la mitología judeo-cristiana representa como máxima corte de responsabilidades después de la muerte; y al igual que éstos, este argumento no es más que una entelequia de engaño para apartar la mirada de lo presente, de lo que tiene consecuencias tangibles, y llevarla hacia los terrenos inciertos de una lejana metafísica. Durante siglos, las iglesias y todo tipo de ideologías de ultratumba han sido supremamente efectivas en pregonar dos cosas fundamentales para sustentar cualquier dictadura: la culpa ante los actos propios y la resignación ante los del máximo poder, es decir, han pregonado la auto-censura y la impunidad. Y pareciera que las estrategias del poder político, que tantas enseñanzas le deben a los largos siglos de hegemonía religiosa, hubieran aprendido muy bien su lección para tratar con sus posibles responsabilidades. Así, al igual que a los creyentes que esperan su redención en el “más allá” después de una vida de padecimientos, a los hombres y mujeres que vivimos los días nos han querido acostumbrar a que la final y definitiva reivindicación sólo puede darse cuando la historia (o más bien la Historia, como todavía la ven algunos) haya escrito en letras de mármol la gesta o la vergüenza de los hombres del pasado.
Pero es seguro que ninguna víctima de tortura o desplazamiento sienta que es necesario “dejar pasar un tiempo” para darse cuenta de lo que le sucedió, ni que a un detective, que trabaja con la escurridiza materia del pasado al momento de resolver su caso, se le ocurra que tiene que esperar un tiempo prudente (unos treinta o cincuenta años) para poder mirar con serenidad y sin interferencias del presente su escena del crimen. Entonces ¿por qué hemos de aplicar el parámetro de la larga espera para la reflexión sobre los sucesos de la política o de la vida social y cultural que nos afectan todos los días?

De hecho, no lo hacemos. El auge del periodismo investigativo y de todo tipo de análisis del presente en los periódicos, los noticieros y los incontables blogs en el internet demuestran que hay un irrefrenable interés por parte de la opinión pública por conocer e interpretar lo que pasa en el presente, lo que está influyendo ahora en su vida y en su pensamiento. Esta reacción parece apenas evidente en un mundo que desde hace varias décadas se siente interconectado e intercomunicado, y en donde la abundante información que a diario se nos presenta aparece como un derecho connatural, pero a la vez se percibe como el más grande e inconexo pandemonio. El trabajo de ordenar esta masa de información que el espectador común no puede manejar parece haber caído completamente en manos de los que se ha llamado eufemísticamente “medios de comunicación” (como si fueran simplemente canales impersonales por donde llegan los mensajes), dejándole a ellos la tarea de crear de la opinión, los análisis, y por ende de los juicios al poder. Pero ya se sabe que su análisis resulta casi siempre superficial y apresurado, sino es que claramente manipulado. Y el estudio de los sucesos del presente ha quedado entonces en un limbo que gravita entre la mediocridad y el partidismo explícito.

Es por esto que cada vez es más necesario que la historia, como disciplina investigativa con una larga práctica en tratar los temas del pasado, se manifieste en los estudios sobre el presente, de los que se ha mantenido alejada por lo que parece un extraño temor a enfrentar los peligros de la investigación “en caliente”. Sin embargo, esta resistencia parece exagerada cuando se considera que por la inevitable subjetividad de la redacción de la historia y el proceso constante de corrección del conocimiento, el historiador no está parado en un territorio más firme o es susceptible a menos “tergiversaciones” cuando estudia la “historia del pasado” que cuando aborda la “historia del presente”. Por lo tanto sería mejor entonces abandonar los aspavientos cientificistas del historiador que dice que lo suyo sólo comprende de cincuenta años para atrás, y demostrarles a los tiranos del presente que si lo que quieren es un juicio histórico, se les tiene.

martes 24 de marzo de 2009

Cuestión de sensibilidad


sábado 14 de marzo de 2009

Y qué fue de 1989?

Estos dos últimos años, y el próximo, están llenos de aniversarios históricos que por todas partes se reseñan como momento de balances inaplazables y de rememoraciones imprescindibles, pero creo que el más importante de estos aniversarios, por ser el más cercano e influyente para nuestra generación, es sin duda los veinte años que han pasado desde que el mundo entero cambió dramáticamente en 1989. Más que el 1959 de la Revolución cubana, más que el 1949 de la Revolución china, e incluso más que el 1810 de la independencia, el 1989 es para muchos de nosotros el año más importante de nuestros tiempos, por los profundos cambios que se precipitaron y los resonantes ecos de estos cambios que aún moldean nuestras vidas.
En ese año vimos, por ejemplo, cómo se ponía el gigantesco sol rojo de oriente que durante setenta años había impuesto el imperio de la igualdad por decreto, y nos asombramos ante la desbandada de ciudadanos de la Europa del este, que ante la primera posibilidad de abandonar el paraíso soviético no dudaron en atravesar las barricadas y llevarse el muro de Berlín por delante. Aunque muchos de nosotros apenas estábamos en la primaria en esos años, y la reunificación de Alemania no parecía tener más consecuencias prácticas que la conformación de un equipo de fútbol imbatible que arrasaría en el mundial de Italia 90, cómo olvidar las imágenes de los berlineses arremetiendo contra la infame mole al ritmo de la música de Pink Floyd mientras nuestros padres, ellos que sí habían llevado toda su vida en la bipolaridad terrorífica, no podían despegarse del televisor mientras pensaban que el mundo nuevo y desconocido ya no sería de ellos. La utopía socialista, que había nacido y muerto en Alemania, ya no volvería a ser imaginada por los que no la vivieron, y tampoco volvería a ser padecida por los que soportaron el infierno de su instauración; ahora sería sólo un fantasma que recorre el inframundo esperando algún día volver a asustar el orden establecido. Ese fue el mundo que nos dejó 1989, ese es el mundo en el que vivimos.
Al poco tiempo, también en 1989, al otro lado del Atlántico, hombres enfundados hasta las orejas para soportar el invierno que se aproximaba, prepararon en los corredores del poder estadounidense el famoso “consenso de Washington”, documento escueto y conciso que en tan solo diez puntos instauraba la nueva política global de apropiación empresarial como un paradigma abrumador en todos los confines del mundo. Si el capitalismo había por fin ganado la larga batalla contra el socialismo soviético, aunque fuera por agotamiento del rival, era hora de disfrutar de la victoria y de preparar los caminos por los cuales las super-corporaciones con superávits llevarían las superproducciones a los supermercados en todo el planeta. La globalización se empezó a mostrar (y aún se muestra) como un proceso irrevertible, como una consecuencia natural del proceso histórico que ya no encontraría obstáculos en las frágiles legislaciones de los muchos países pequeños y medianos que se quedaron sin un paradigma opcional, o sin un ejército fuerte que los apoyara, en caso de que no quisieran seguir los parámetros de Estados Unidos. Ahora éramos una “aldea global”, donde tu miseria dejaba de ser una injusticia en el Estado de derecho que debía ser corregida y se convertía en una externalidad de la producción con la cual había que vivir. Las grandes compañías de comunicación (y el internet, que también cumple 20 años) nos permitieron ponernos en contacto al instante con amigos en Europa o con las noticias de Australia, pero nos escondieron los reportes sobre las propias riquezas naturales que nos estaban robando en las narices. Ese fue el mundo que nos dejó 1989, ese es el mundo en el que vivimos.
En Colombia, 1989 también fue un año inolvidable donde se trazaron, o se afianzaron, buena parte de los parámetros que regirían nuestra historia (o nuestra guerra, que viene a ser lo mismo) desde entonces. Los narcotraficantes fortalecieron su “participación en el Estado” y demostraron que el poder se juega con billetes en una mano y armas en la otra; y así empezamos a ver a la conciencia política del país venderse o morir bajo el imperio de la nueva ley. Aún recuerdo aquella mañana de 1989 cuando me despertaron con la noticia de que habían asesinado a Luis Carlos Galán, el candidato a la presidencia con más carisma que he visto en mi vida, aún recuerdo aquel dolor innombrable de sentir que se iba la esperanza y que era un asco este país, dolor que sólo fue tan fuerte diez años después con la muerte de Jaime Garzón. Pero también en ese año se empezó a gestar la desmovilización de las últimas guerrillas sociales del país, y se entrevió el nacimiento de la posibilidad de un nuevo comienzo con la constitución que se concretaría en 1991. Sin embargo, el balance no alcanzó a ser bueno pues ni todas las guerrillas se desmovilizaron, ni todos aceptaron y acataron la nueva constitución, ni a los narcos se les acabaron los billetes y las armas. Ese fue el mundo que nos dejó 1989, ese es el mundo en el que vivimos.
Así que ahora, veinte años después, ¿qué nos queda del mundo anterior a 1989? ¿Hacia dónde nos arrastró y nos está arrastrando el ritmo de la historia después del “fin de la historia”? ¿Se acabaron las utopías de un mundo justo para todos y tendremos que sobrevivir de algún modo en medio de las políticas del mercado? ¿ó 1989 inició un nuevo tiempo que empezó con desperfectos que habrá que acomodar para hacer del siglo XXI un siglo con la gente y el planeta como prioridades? Mientras vemos las rememoraciones de acontecimientos y procesos muy lejanos en el tiempo, con los cuales no nos liga más que un vínculo simbólico y anacrónico, vale la pena preguntarse cuál es el balance de estos veinte años de cambios al parecer inatajables, y cuestionar por qué algunos medios parecen querer mandarnos a otros siglo u otras décadas antes de invitarnos a ver con calma nuestro anteayer.

miércoles 25 de febrero de 2009

Rótelo

Conque cuatro millones de colombianos (un grupo electoral que sería la envidia de cualquier candidato presidencial) reconocen que consumen o han consumido drogas; conque el área de cultivos “ilícitos” en Colombia y en América no ha hecho más que aumentar en los últimos años; conque los mismos ex-presidentes de algunos países de América Latina que en su momento fueron fieros soldados de la “guerra contra las drogas” ahora aconsejan despenalizar el consumo, empezando por la marihuana; conque, en fin, después de más de treinta años de persecución, después de haberse gastado toda la plata de este mundo y del otro en armas y guerras y después de los cientos de miles de vidas destrozadas en el proceso, las drogas siguen siendo una presencia constante y un negocio en expansión en todo el planeta. Pues bien, no me extraña en lo más mínimo. No hay nada de raro en que se esté perdiendo la guerra más imposible de ganar de todas las tantas tontas guerras en que se ha embarcado la humanidad: la guerra contra las drogas, y por ende contra los estados alterados de conciencia, ya que en cada uno de ellos también hay sustancias como drogas que son liberadas por el organismo para hacernos sentir. Allí, donde el niño de cinco años da vueltas hasta quedar totalmente mareado y se cae al piso, allá donde el enamorado recibe un subidón de endorfinas después de besar a su novia largamente, donde el cumpleañero se pasa de tragos y termina diciendo cuánto quiere a todos sus amigos y donde el señor de buena familia se relaja fumando un cigarrillo mientras contempla el firmamento, la guerra contra las drogas está sufriendo una de sus peores derrotas. El plan del viernes por la noche le está ganando la pelea al plan Colombia.

Una razón más para seguir peleando, dirán los defensores de la moral puritana, otra demostración de que si nos descuidamos las drogas tomarán el control de nuestros hijos, dirán los alarmados de ver que la temida marihuana crece en el mismo planeta que su dios todopoderoso creó; pero digan lo que digan lo cierto es que es evidente que la guerra contra las drogas está perdida de antemano porque el que se quiere drogar se droga: con gasolina o dando vueltas o enamorándose o aguantando la respiración y apretándose el pecho o meditando o bailando o fumándose un porro o como sea, pero la mente no puede estar quieta y siempre encontrará el modo de ir más allá de sus posibilidades.

Entonces, si el enemigo (la droga) está fuerte, las víctimas del ogro (los consumidores) no reciben ningún beneficio de la guerra, y la batalla está perdida desde siempre, ¿para qué peleamos? Por la guerra misma, naturalmente; nada enriquece más a los mercaderes de la guerra y a los comerciantes de drogas que una contienda eterna que incremente la demanda de municiones y eleve los precios de un producto con demanda inflexible. La lucha contra las drogas es estéril, los que la defienden más acérrimamente lo saben y sólo les importa continuarla indefinidamente para beneficiarse de ella, pero en algún momento será inevitable que la gente decida dejar de adelantar esta cacería de brujas y empecemos a ahorrarnos y a usar de mejor manera las vidas y los millones que nos estamos gastando todos los años en esta estupidez sin atenuantes. En esto estoy y estaré siempre puesto. La pregunta es cuándo, y la respuesta depende en gran medida de nosotros mismos. “La guerra se acabó... si así lo quieres” fue la pegadiza frase de campaña por la paz de John Lennon y Yoko Ono en los 70´s, y si las masas de los Estados Unidos pudieron levantarse impulsadas por estos refranes y hacer insostenible la guerra de Vietnam, por qué no puede pasar los mismo con una humanidad que cada día mira con más desconfianza a sus propios gobiernos cuando se gastan los recursos del estado en combatir, en últimas, el libre albedrío de cada persona.

Para esto es necesario que todos apoyemos la causa de la legalización y se deje de pensar en ella como en una campaña que adelantan solo los consumidores o los grupos de ska españoles. Si el enemigo es la “guerra contra las drogas”, esto no quiere decir necesariamente que el amigo sean éstas. Puede que se esté o no de acuerdo con que algunos sufran o gocen los efectos de consumir drogas, pero lo cierto es que todos padecemos las consecuencias de este conflicto multiforme que desangra las poblaciones y merma los presupuestos para causas sociales, y a todos nos preocupa que el día de mañana también se metan con nuestra libertad de ver si nos tomamos veinte tintos al día o si hacemos el amor más de la cuenta. Así que, al apoyar los derechos de los drogos, también estamos apoyando los nuestros. “No comparto tus ideas pero estoy dispuesto a pelear para que puedas expresarlas” fue la máxima de Voltaire que garantizó la libertad de expresión en los nuevos estados de derecho, y algo así se podría aplicar para que el que no consume esté dispuesto a luchar por el derecho del que sí lo hace a escoger si se quiere morir de borracho o de trabajador o de marihuano. Lo que se está planteando es una prolongación de los derechos al libre pensamiento y a la libre elección. Así que cada cual debería desmoñar su pensamiento a este respecto, valorar el propio cuerito en medio de esta guerra, pegar su derecho al derecho de todos los demás, saborear el dulzón aroma de la libertad de pensamiento, y cuando ya se lo esté terminando: rótelo.
Pd: Comentario aparte merece la cruzada del actual gobierno en contra de la dosis personal. Es interesante que siga insistiendo en eso después de haber beneficiado con diversas medidas a los más terribles narcotraficantes. No se hace sino demostrar que en este país es más seguro mover unas cuantas toneladas al mes que cargar unos gramitos los viernes.

martes 17 de febrero de 2009

Producción en bloque


miércoles 4 de febrero de 2009

Requiem moral

En uno de sus más impactantes cuentos, “Requiem alemán”, Jorge Luis Borges ofrece a través de Otto Dietrich zur Linde, el protagonista de la historia, un desconcertante y pesimista balance de la Segunda Guerra Mundial. Para Dietrich, subdirector de uno de los campos de concentración durante el desarrollo de la “solución final”, Alemania, o más que Alemania el “espíritu del tiempo” que Alemania defendía, habría ganado la guerra, a diferencia de los que decían los alebrestados Aliados que proclamaban la victoria. “Se cierne ahora sobre el mundo una época implacable. Nosotros la forjamos, nosotros que ya somos su víctima. ¿Qué importa que Inglaterra sea el martillo y nosotros el yunque? Lo importante es que rija la violencia, no las serviles timideces cristianas”, reflexiona el protagonista cuando está próximo a ser ejecutado por uno de los juicios contra los derrotados nazis. Según esta posición, el hecho de que durante el siglo XX haya reinado la guerra, el genocidio y los crímenes contra la humanidad en sus más variadas expresiones es, en cierta forma, la victoria de definitiva de Hitler y los nazis en su guerra contra el viejo orden. Lo valores de inequidad de las razas, desprecio por la ley racional y utilización de la violencia extrema, preconizados por los nazis, ganaron la batalla. La línea moral destruida por las guerras mundiales no sirvió para que la humanidad decidiera no volver a caer en abyecciones semejantes sino para inaugurar una era en la que los horrores habrían de cernirse sobre los pueblos del mundo con una frecuencia y una saña que parecen desafiar el concepto de civilización. Casos como los de Camboya, Ruanda o los Balcanes, entre muchos otros, son sólo algunos ejemplos de la era de “la violencia y la fe en la espada” que según el protagonista del deutsches requiem habían iniciado los hombres de la esvástica.
A pesar de las buenas intenciones de las Naciones Unidas y del triunfo de la historia humana que significan los Derechos Humanos (su proclamación, porque su aceptación y cumplimiento masivo demorará mucho tiempo, al parecer), la humanidad sigue enfrascándose cada cierto tiempo en los más terribles conflictos donde los perjudicados más graves siempre son los civiles, porque los hombres cambian con mayor facilidad las leyes que la moral, y es precisamente la moral de la violencia y la injusta la que campea sobre la historia mientras la ONU emite resoluciones inútiles y algunos cientos de miles de personas hacen marchas estériles cada vez que Israel destruye Gaza, o que la guerrilla secuestra civiles o que Estados Unidos invade otro país. De nada sirven todas las buenas intenciones, ni todas las constituciones, ni todos los cascos azules si la ética se ha convertido en una vaga reminiscencia en los salones de clase de filosofía mientras la ley de la jungla arrasa las expresiones más entrañables de la cultura. Y que no se piense al decir “moral” en curitas de provincia exhortando feligreses para que vayan a misa o no sean infieles en sus matrimonios; la moral y su reflexión personal, la ética, son una parte constitutiva inseparable del ser humano y aún hoy, después de la caída de los meta-discursos, del fin de la historia y de la muerte de la razón que preconizan algunos posmodernos apocalípticos, siguen presentes, de un modo u otro, en las acciones de todos los días. El hecho de que los poderes se hayan apropiado de los conceptos que han forjado la lucha por la dignidad humana en la era moderna para instaurarlos como su propiedad en los estados laicos no significa que estos conceptos hayan dejado de ser revolucionarios e implica que la batalla ahora es para recuperarlos para nosotros, los ciudadanos de a pie. Así la justicia no es simplemente facultad de los juzgados y los abogados sino un derecho y un deber ciudadano, y la libertad no es sólo para los secuestrados sino para todos, y en todas las circunstancias de la vida política y ciudadana. Cualquier proyecto de conformación de sociedad debería pasar inevitablemente por la reasimilación de estos valores y por una pregunta por la ética que nos conforma.
Por ejemplo, los interminables y vergonzosos debates sobre la reelección de presidentes en América Latina son inútiles a largo plazo a la luz de esta manera de vivir la política. Si se reelige a un presidente, como Uribe o Chávez, se hace obvio que sus políticas, sean buenas o malas, continuarán dentro de un estado que se aleja de la democracia; pero en muchos casos se adelanta toda una campaña para propiciar un cambio de poder, se agotan vidas humanas en la contienda, se gastan recursos nacionales y se estigmatizan para siempre a actores políticos y a la final se logran cambiar los protagonistas para descubrir después que se mantienen los fines y se extreman los mismos medios que defendían los victimarios. Igual que en el “Requiem alemán”. Así que atención a aquellos que se alegraron momentáneamente con los titulares del fin de semana pasado donde se anunciaba que el “gran timonel”, como lo llama José Obdulio, decidió no lanzarse a la próxima elección, porque de nada sirve su salida del gobierno si se mantienen sus métodos y su ética política ahora encabezada por uno de sus “generales” o, lo que es más triste todavía, por uno de los representantes de la “oposición”, que hambriento de poder, diga que es necesario asociarse con los romanos para vivir como jesuscrito en el imperio.

PD: Sería el momento para mirar, ahora sí, al gobierno de Estados Unidos, que alguna vez, hace ya mucho tiempo, fuera paradigma de democracia y ética cívica en el mundo. La salida de funcionarios del omnipotente y popular gobierno de Obama por evasión de impuestos sería una gran lección para los políticos colombianos que siguen firmando decretos con manos esposadas; y la decisión de combatir los problemas reales de la economía, el medio ambiente y los derechos humanos sería un ejemplo para aquellos que siguen intentando curar el hambre y la pobreza creando terrores medievales.