
lunes 2 de noviembre de 2009
domingo 20 de septiembre de 2009
Negras esperanzas
A pesar de que nadie niega que sea un liberal, demócrata y defensor de los derechos humanos, con una larga historia de trabajo por los más desfavorecidos, nadie tampoco puede olvidar que Obama es el presidente del país más poderoso de la tierra y que sus electores lo eligieron para que así siguiera siendo. Sus cualidades humanas y su seductora oratoria están muy bien para impulsar programas de recuperación de empleo para los muchos afectados por la crisis económica o para intentar reformar el desigual sistema de protección social estadounidense, pero a la hora de enfrentar los asuntos del imperio el corazón de paloma tiene que darle el paso a las garras del águila en la toma de decisiones en la casa blanca.
Ante las aparentemente contradictorias decisiones de Obama (cerrar la base de Guantánamo al tiempo que abre otras en Colombia; acabar con la guerra en Medio Oriente mientras envía más tropas a Afganistán; hablar de colaboración con los países de América del Sur al tiempo que los “des-certifica” y los rodea militarmente) se hace evidente que la habilidad política del nuevo presidente de los Estados Unidos es mucho mayor que la del anterior: mientras éste no podía dejar de demostrar que era un burro con vestido de burro, aquél posa de estadista que mira con el corazón a la humanidad mientras continúa asegurando su dominación. ¿O será que más bien -como lo demuestra el hecho de que a pesar de que expresó públicamente que no quería otra reelección de Álvaro Uribe éste sigue adelantando su campaña para presidente- los poderes hacendados y racistas del continente no le hacen caso al moreno?
miércoles 19 de agosto de 2009
martes 30 de junio de 2009
sábado 27 de junio de 2009
Michael Jackson: Mankind in the mirror
Michael Jackson fue un precursor del futuro. Mucho antes del advenimiento del híbrido humano-androide con el que nos fascinamos y aterrorizamos hace varias décadas, Michael Jackson recorrió el proceso de paulatina transformación hacia la pura artificialidad con las recurrentes alteraciones que realizó en su propio cuerpo a lo largo de los años. Una de las realidades más paradójicas de su figura es que mientras su talento estaba remitido al ritmo, la música y el baile, las cualidades más terrígenas, antiguas y naturales de un cuerpo humano, el camino que escogió para su aspecto y su constitución fue el de una artificialidad científicamente programada, casi una negación de todo lo que significa ser humano. Pero no fue el único, sino solo uno de los primeros: cuando en la década de los ochenta todos se escandalizaron por sus repetidas cirugías plásticas y levantaron en coro una condena por su excesiva transformación, Michael se estaba simplemente adelantado a lo que unos pocos años después se iba a convertir en la norma: los cuerpos alterados y reconfigurados hasta el último milímetro en el quirófano, el nuevo crisol donde el hombre de barro se convierte en hombre de polímeros; y la monstruosa apariencia que tomó su rostro en sus últimos años, y que sirvió a tantos extremistas de la moral para confirmar sus proclamas de castigo divino por la exagerada vanidad, no es más que el rostro del futuro, el aspecto que tomarán, y que ya están tomando, las caras de hombres y mujeres operados y vueltos a operar docenas de veces en busca de la eterna apariencia de juventud, que se desvanecen lentamente como plásticos al sol y toman el terrorífico aspecto de los anónimos muñecos con lo que jugamos en la infancia.
sábado 13 de junio de 2009
Hasta la última brasa
jueves 21 de mayo de 2009
miércoles 13 de mayo de 2009
Separaos los unos de los otros
sábado 25 de abril de 2009
lunes 13 de abril de 2009
Tengamos presente la historia
Concediéndole a este último neoconservador neocristiano el beneficio de dudar de que realmente tuviera alguna idea de lo que estaba hablando cuando dijo que no existía algo llamado la historia de corto plazo (short-term history), no es difícil entender que sus declaraciones, así como las del presidiario peruano, estaban intentando hacer lo que ya muchos poderosos han hecho antes que ellos: postergar su juicio de responsabilidades ante la opinión pública delegándolo a los tribunales de la historia. Estos brumosos tribunales tienen la particularidad de que en ellos los acusados suelen tener la esperanza de que, de llegar a salir culpables, el veredicto les llegará dentro de mucho tiempo, posiblemente mucho después de su muerte. Por esto no es extraño encontrar tantos discursos de presidentes, dictadores y monarcas de todas las pelambres llenos de frases del tipo “la historia me dará la razón” o “la historia me absolverá” o “sólo espero el juicio de la historia”. Frases hechas que, con una retórica que intenta pasar por académica, no buscan sino asegurar que la única autoridad que tiene jurisdicción para juzgarlos todavía no existe.
Esta concepción de la historia como la instancia definitiva donde finalmente se llegarán a dirimir las culpas y aciertos de los hombres para la posteridad guarda un sospechoso parecido con los escenarios del “juicio final” que la mitología judeo-cristiana representa como máxima corte de responsabilidades después de la muerte; y al igual que éstos, este argumento no es más que una entelequia de engaño para apartar la mirada de lo presente, de lo que tiene consecuencias tangibles, y llevarla hacia los terrenos inciertos de una lejana metafísica. Durante siglos, las iglesias y todo tipo de ideologías de ultratumba han sido supremamente efectivas en pregonar dos cosas fundamentales para sustentar cualquier dictadura: la culpa ante los actos propios y la resignación ante los del máximo poder, es decir, han pregonado la auto-censura y la impunidad. Y pareciera que las estrategias del poder político, que tantas enseñanzas le deben a los largos siglos de hegemonía religiosa, hubieran aprendido muy bien su lección para tratar con sus posibles responsabilidades. Así, al igual que a los creyentes que esperan su redención en el “más allá” después de una vida de padecimientos, a los hombres y mujeres que vivimos los días nos han querido acostumbrar a que la final y definitiva reivindicación sólo puede darse cuando la historia (o más bien la Historia, como todavía la ven algunos) haya escrito en letras de mármol la gesta o la vergüenza de los hombres del pasado.
Pero es seguro que ninguna víctima de tortura o desplazamiento sienta que es necesario “dejar pasar un tiempo” para darse cuenta de lo que le sucedió, ni que a un detective, que trabaja con la escurridiza materia del pasado al momento de resolver su caso, se le ocurra que tiene que esperar un tiempo prudente (unos treinta o cincuenta años) para poder mirar con serenidad y sin interferencias del presente su escena del crimen. Entonces ¿por qué hemos de aplicar el parámetro de la larga espera para la reflexión sobre los sucesos de la política o de la vida social y cultural que nos afectan todos los días?
De hecho, no lo hacemos. El auge del periodismo investigativo y de todo tipo de análisis del presente en los periódicos, los noticieros y los incontables blogs en el internet demuestran que hay un irrefrenable interés por parte de la opinión pública por conocer e interpretar lo que pasa en el presente, lo que está influyendo ahora en su vida y en su pensamiento. Esta reacción parece apenas evidente en un mundo que desde hace varias décadas se siente interconectado e intercomunicado, y en donde la abundante información que a diario se nos presenta aparece como un derecho connatural, pero a la vez se percibe como el más grande e inconexo pandemonio. El trabajo de ordenar esta masa de información que el espectador común no puede manejar parece haber caído completamente en manos de los que se ha llamado eufemísticamente “medios de comunicación” (como si fueran simplemente canales impersonales por donde llegan los mensajes), dejándole a ellos la tarea de crear de la opinión, los análisis, y por ende de los juicios al poder. Pero ya se sabe que su análisis resulta casi siempre superficial y apresurado, sino es que claramente manipulado. Y el estudio de los sucesos del presente ha quedado entonces en un limbo que gravita entre la mediocridad y el partidismo explícito.
Es por esto que cada vez es más necesario que la historia, como disciplina investigativa con una larga práctica en tratar los temas del pasado, se manifieste en los estudios sobre el presente, de los que se ha mantenido alejada por lo que parece un extraño temor a enfrentar los peligros de la investigación “en caliente”. Sin embargo, esta resistencia parece exagerada cuando se considera que por la inevitable subjetividad de la redacción de la historia y el proceso constante de corrección del conocimiento, el historiador no está parado en un territorio más firme o es susceptible a menos “tergiversaciones” cuando estudia la “historia del pasado” que cuando aborda la “historia del presente”. Por lo tanto sería mejor entonces abandonar los aspavientos cientificistas del historiador que dice que lo suyo sólo comprende de cincuenta años para atrás, y demostrarles a los tiranos del presente que si lo que quieren es un juicio histórico, se les tiene.
martes 24 de marzo de 2009
sábado 14 de marzo de 2009
Y qué fue de 1989?
En ese año vimos, por ejemplo, cómo se ponía el gigantesco sol rojo de oriente que durante setenta años había impuesto el imperio de la igualdad por decreto, y nos asombramos ante la desbandada de ciudadanos de la Europa del este, que ante la primera posibilidad de abandonar el paraíso soviético no dudaron en atravesar las barricadas y llevarse el muro de Berlín por delante. Aunque muchos de nosotros apenas estábamos en la primaria en esos años, y la reunificación de Alemania no parecía tener más consecuencias prácticas que la conformación de un equipo de fútbol imbatible que arrasaría en el mundial de Italia 90, cómo olvidar las imágenes de los berlineses arremetiendo contra la infame mole al ritmo de la música de Pink Floyd mientras nuestros padres, ellos que sí habían llevado toda su vida en la bipolaridad terrorífica, no podían despegarse del televisor mientras pensaban que el mundo nuevo y desconocido ya no sería de ellos. La utopía socialista, que había nacido y muerto en Alemania, ya no volvería a ser imaginada por los que no la vivieron, y tampoco volvería a ser padecida por los que soportaron el infierno de su instauración; ahora sería sólo un fantasma que recorre el inframundo esperando algún día volver a asustar el orden establecido. Ese fue el mundo que nos dejó 1989, ese es el mundo en el que vivimos.
miércoles 25 de febrero de 2009
Rótelo
Una razón más para seguir peleando, dirán los defensores de la moral puritana, otra demostración de que si nos descuidamos las drogas tomarán el control de nuestros hijos, dirán los alarmados de ver que la temida marihuana crece en el mismo planeta que su dios todopoderoso creó; pero digan lo que digan lo cierto es que es evidente que la guerra contra las drogas está perdida de antemano porque el que se quiere drogar se droga: con gasolina o dando vueltas o enamorándose o aguantando la respiración y apretándose el pecho o meditando o bailando o fumándose un porro o como sea, pero la mente no puede estar quieta y siempre encontrará el modo de ir más allá de sus posibilidades.
Entonces, si el enemigo (la droga) está fuerte, las víctimas del ogro (los consumidores) no reciben ningún beneficio de la guerra, y la batalla está perdida desde siempre, ¿para qué peleamos? Por la guerra misma, naturalmente; nada enriquece más a los mercaderes de la guerra y a los comerciantes de drogas que una contienda eterna que incremente la demanda de municiones y eleve los precios de un producto con demanda inflexible. La lucha contra las drogas es estéril, los que la defienden más acérrimamente lo saben y sólo les importa continuarla indefinidamente para beneficiarse de ella, pero en algún momento será inevitable que la gente decida dejar de adelantar esta cacería de brujas y empecemos a ahorrarnos y a usar de mejor manera las vidas y los millones que nos estamos gastando todos los años en esta estupidez sin atenuantes. En esto estoy y estaré siempre puesto. La pregunta es cuándo, y la respuesta depende en gran medida de nosotros mismos. “La guerra se acabó... si así lo quieres” fue la pegadiza frase de campaña por la paz de John Lennon y Yoko Ono en los 70´s, y si las masas de los Estados Unidos pudieron levantarse impulsadas por estos refranes y hacer insostenible la guerra de Vietnam, por qué no puede pasar los mismo con una humanidad que cada día mira con más desconfianza a sus propios gobiernos cuando se gastan los recursos del estado en combatir, en últimas, el libre albedrío de cada persona.
Para esto es necesario que todos apoyemos la causa de la legalización y se deje de pensar en ella como en una campaña que adelantan solo los consumidores o los grupos de ska españoles. Si el enemigo es la “guerra contra las drogas”, esto no quiere decir necesariamente que el amigo sean éstas. Puede que se esté o no de acuerdo con que algunos sufran o gocen los efectos de consumir drogas, pero lo cierto es que todos padecemos las consecuencias de este conflicto multiforme que desangra las poblaciones y merma los presupuestos para causas sociales, y a todos nos preocupa que el día de mañana también se metan con nuestra libertad de ver si nos tomamos veinte tintos al día o si hacemos el amor más de la cuenta. Así que, al apoyar los derechos de los drogos, también estamos apoyando los nuestros. “No comparto tus ideas pero estoy dispuesto a pelear para que puedas expresarlas” fue la máxima de Voltaire que garantizó la libertad de expresión en los nuevos estados de derecho, y algo así se podría aplicar para que el que no consume esté dispuesto a luchar por el derecho del que sí lo hace a escoger si se quiere morir de borracho o de trabajador o de marihuano. Lo que se está planteando es una prolongación de los derechos al libre pensamiento y a la libre elección. Así que cada cual debería desmoñar su pensamiento a este respecto, valorar el propio cuerito en medio de esta guerra, pegar su derecho al derecho de todos los demás, saborear el dulzón aroma de la libertad de pensamiento, y cuando ya se lo esté terminando: rótelo.
martes 17 de febrero de 2009
miércoles 4 de febrero de 2009
Requiem moral
PD: Sería el momento para mirar, ahora sí, al gobierno de Estados Unidos, que alguna vez, hace ya mucho tiempo, fuera paradigma de democracia y ética cívica en el mundo. La salida de funcionarios del omnipotente y popular gobierno de Obama por evasión de impuestos sería una gran lección para los políticos colombianos que siguen firmando decretos con manos esposadas; y la decisión de combatir los problemas reales de la economía, el medio ambiente y los derechos humanos sería un ejemplo para aquellos que siguen intentando curar el hambre y la pobreza creando terrores medievales.





